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domingo, 28 de octubre de 2018

Entró por la ventana o Polvo de hada [Especial Halloween, #Azäirween]


Son las tres y media de la madrugada. Hace unos pocos minutos que Darío ha vuelto a casa. Abrió la puerta sin hacer ruido y caminó de puntillas para no molestar a sus padres que estaban durmiendo. Les dijo que iba a la fiesta de un amigo, Lucas, y que regresaría a una hora decente. Lo primero no fue una mentira. Sus padres conocen a Lucas, saben que es un chico responsable; sus fiestas no terminan muy tarde. Lo segundo tampoco debió serlo.
Durante la fiesta, Darío conoció a una chica encantadora cuyo nombre no recuerda. Parecía una versión de tamaño natural de Campanilla, la hadita que perseguía celosa a Peter Pan. Era pequeña y nerviosa como una avispa. Fue ella quien lo cogió de la mano y lo arrastró al centro del comedor de la casa, el cual cumplía la función de pista de baile. No hubo tiempo para intercambiar los nombres. A Darío le pareció que todo iba demasiado rápido; que llevase dos cervezas de más aumentó la sensación de velocidad. Al poco que se diera cuenta, la mano de chica descendía cándidamente por su pecho; su sonrisa ladina era una invitación para pasar al siguiente nivel. Darío la aceptó sin dudar. Si ella era Campanilla, él estaba dispuesto a ser su Peter Pan. Solo por esta noche.
Campanilla vivía cerca de Lucas, apenas un par de calles de diferencia. Lo que fue una auténtica suerte pues ninguno de los dos estaba en condiciones de conducir. Hicieron medio tramo caminando y otro medio corriendo. El ritmo lo marcaba Campanilla. ¡Corre! Y estiraba de la mano de Darío arrastrándolo por la acera. Descanso, vamos a parar un poquito. ¡Y ahora corre, otra vez! A Darío le hacían mucha gracia los grititos de Campanilla; eran adorables.
Lo que no resultó tan gracioso fue descubrir que se había hecho tarde. La fiesta de Lucas finalizó a la hora que los padres de Darío catalogaban como “decente”, mientras que la fiesta particular de Darío continuaba en la cama de Campanilla. Era la primera vez que se acostaba con una chica que no conocía su nombre ni sus aficiones. Lo único que sabía de ella era que se parecía a un dibujo animado. Podía ser la novia de un amigo o, lo que sería peor, la hermana pequeña. Podía ser menor de edad. ¡Menudo marrón! ¡Y menuda emoción! La incertidumbre estaba acompañada de una buena dosis de excitación, un placer que hasta entonces no había experimentado y que descubría que le gustaba. Hacía callar los remordimientos con ardientes besos en el hombro desnudo de la chica. Ella, parecía entenderle y le devolvía los cariños con misma intensidad.
Fue una buena noche, pero ya ha terminado. Dentro de unas horas se hará de día. Sus padres están durmiendo en la habitación de al lado. Darío se quita la camisa manchada con el maquillaje de Campanilla y los pantalones. Ve el pijama doblado en el escritorio, pero está muy cansado, por lo que ve más cómodo acostarse en calzoncillos. Se queda tumbado en la cama mirando hacia el techo de la habitación y piensa en Campanilla. ¡Qué chica! Una parte de él desea volverla a ver, otra, más íntima, prefiere no volverse a encontrar con ella para conservar el mito del primer día. No puede dormir. Su cabeza son ríos de ideas que desembocan en el mar de besos de Campanilla. Recuerda su cabello dorado, sus finos labios, sus ojos azules y su cinturita de hada. Aunque se encuentra tremendamente cansado, es incapaz de cerrar los ojos.
 —A mí el polvo de hada también me hace volar — susurra mirando al techo comparándose con Peter Pan.
Decide hacer sueño a la vieja usanza: leyendo un libro.  Enciende la luz de la lamparita de la mesita y busca en el librero de la habitación la novela perfecta para dormir. Piensa que lo mejor es escoger una que haya leído tantas veces que la trama no resulte emocionante. Pasa dos dedos por la cubierta de los libros como si estuviera leyendo los títulos con las yemas. Encuentra la novela perfecta: Drácula, de Bram Stoker. La primera vez que la leyó fue a los quince años y desde entonces no dejó de hacerlo. De pequeño, le fascinaban las películas de vampiros. Encontrarse frente a frente con el vampiro original fue como conocer a ese tío lejano que todos sus familiares hablan bien de él, pero que nunca había tenido oportunidad de conocerlo en persona. Tomó la costumbre de leer la novela de Stoker todos los veranos. Darío tiene veintidós años; lo que supone que ha leído Drácula ocho veces a lo largo de su vida, la última vez hacía apenas tres meses.
A pesar de encontrarse hechizado por “el polvo de hada”, Darío es capaz de recitar las primeras líneas del libro de memoria. Lo hace en un lento susurro antes de abrirlo. Perfecto. Se dijo mentalmente con la misma sonrisa que Campanilla conjuró para invitarlo a bailar.
Vuelve a la cama con el libro en la mano. Abre el primer cajón de la mesita y saca una linterna de luz pálida especial para leer por las noches. La luz de la lámpara de la mesita podría despertar a sus padres.
Abre el libro por la primera página y lee las oraciones que, segundos antes, ha recitado de memoria. Nos volvemos a encontrar, viejo a amigo.

Son las cuatro de la madrugada. Darío cierra el libro de Drácula y se acomoda en la cama. Nota cómo los párpados empiezan a caerse y el recuerdo del rostro de Campanilla a difuminarse en su memoria. Deja el libro en la mesita. No coloca marca-páginas. De no ser necesario, no volvería a releer Drácula hasta dentro de nueve meses, hasta llegue el verano. Guarda la linterna en el cajón de la mesita. Se arropa con las sábanas, cierra los ojos y duerme.  
Definitivamente, ha sido un muy buen día y una mejor noche.

Se despierta sudando. Tiene mucho calor. Echa las sábanas a los pies. Se resiste a abrir los ojos, sabe que si lo hace, no volverá a cerrarlos en lo que quede de noche. Se da la vuelta cara a la pared. El calor se acumula en la espalda. Es una sensación similar a pasar la mano por encima de una sartén. No llega a quemarse, pero el ardor le resulta molesto y le hace sentir inseguro; como si el aceite hirviendo de la metafórica sartén pudiera llegar a salpicarle en cualquier momento. Ataña el calor a los cambios climáticos del mes de octubre: la semana pasada fueron noches de heladas en las que alcanzaron los 10ºC y hoy parece que han regresado los 40ºC del verano.  
Recuerda a Campanilla. En su cama no había sábanas, no hacían falta. Tenía frío, pero la sensación térmica que la chica le producía contrarrestaba a la perfección a los 16ºC que marcaban los termómetros de la calle. En un margen de tres horas, ha pasado de los 16ºC a los 40ºC.. Abre los ojos y pasa la mano por la mesita buscando el interruptor de la lamparita. No lo encuentra, en su lugar coge el móvil. Tiene dos llamadas pérdidas de Lucas. Decide ignorarlas. Seguramente, quiera saber por qué desapareció sin decir nada de su fiesta. Se fija en la temperatura que marca el teléfono: 15ºC. Hace el suficiente frío como para ponerse un pijama de manga larga y taparse con dos pares mantas. Deja el móvil en su sitio y niega con la cabeza. La aplicación debe de estar equivocada o quizás sería su organismo quien estuviera equivocado. Esa segundo explicación es más probable, su cuerpo debe recordar el contacto físico de Campanilla, de ahí que sienta calor y miedo a quemarse.
—Polvo de hada — susurra riendo.
Tal vez por haber estado leyendo a Drácula antes de dormir, Darío no se contenta con una explicación racional. Acaba encontrando el interruptor de la lamparita, la enciende y echa un vistazo a su alrededor. Los primeros segundos, se siente confuso. Le cuesta adaptarse a la luz artificial. Aparta los ojos directamente de la bombilla,  mira al lado opuesto, hacia la ventana abierta. La suave brisa nocturna levanta las cortinas al vuelo en pequeños impulsos como si una mano desde fuera las estuviera empujando. Darío se levanta de la cama y saca la mano por  la ventana. Comprueba que el aire del exterior es frío. Sin embargo, él jura que en su habitación hace calor. Se encoge de hombros. ¿Qué más da? Despertarse mañana con un resfriado de tres pares de narices es un precio, más que razonable, a pagar por haber pasado una noche con Campanilla. A dormir se ha dicho.
Se queda sentado en el borde de la cama. Tiene una mano en el interruptor de la lamparita. Darío cree haber encontrado el causante del calor en la habitación. Flotando a unos centímetros por encima de la bombilla de la lámpara de la mesita, ve una masa densa de aire rojizo. Parece una nube de insectos tan diminutos que apenas son unos puntos rojos y negros. Nunca ha visto nada similar.  ¿Una pesadilla que ha emergido a la vigilia para devolverle al mundo de los sueños? Imposible, esas historias solamente ocurren en los mundos del escritor Neil Gaiman, no en la realidad. La nube rojiza puede ser un efecto visual causado por la luz artificial de la lamparita mezclada con la falta de sueño. Por poder ser, puede ser cualquier cosa. Incluso un vampiro como los que acaba de leer. Solo hay una manera de descubrirlo.
Darío levanta, muy despacio, la mano derecha y la acerca hacia la nube de puntos rojos y negros. Ésta responde, vuela por la habitación alejándose de la mano de Darío como si fuera un animal asustado. Se ha escondido detrás del librero. La temperatura natural de los últimos días del mes de octubre ha regresado a la habitación.
—¿Así que, tienes vida?
Recuerda todas las novelas de terror y ciencia ficción que ha leído. Saca dos hipótesis: un espíritu o un ser del espacio que ha tenido la mala fortuna de caer en La Tierra. Ambas ideas son igual de absurdas, pero, en una situación como ésta, piensa que no pierde nada por intentar comunicarse con La Cosa.
— No tengas miedo. Dime, ¿dónde está tu nave? ¿La has perdido? Te ayudaré a encontrarla. — cambia la trama de la novela — ¿Abuela, eres tú? ¿Has venido de visita? ¿Qué quieres decirme?
La masa de aire caliente no responde a ninguna de las preguntas, sigue en su posición, detrás de los libros de la estantería.
Mira el despertador de la mesita. Las manecillas marcan las cuatro y media. Darío bufa. Tiene mucho sueño. Solo ha dormido media hora. No tiene las energías para encargarse de un ente, criatura u objeto volador no identificado.
—Oye, ¿qué te parece si mañana resolvemos tu problema de logística? — se preocupa por hablar en voz baja pero firme y clara — Ha sido una larga noche y estoy reventado.
La criatura, o lo que fuera, responde a su manera. La temperatura de la habitación aumenta considerablemente. Los puntos rojizos y negros de la nube caliente tiemblan haciendo caer al suelo algunos libros y un par de figuras que adornan la estantería: un drakar hecho con palitos de helado y una figura de Batman.
Darío intenta mostrarse tranquilo. Sabe, por los muchos libros de terror, su género predilecto, que ha leído, que la mejor forma de comunicarse con los seres desconocidos es manteniendo una posición serena y autoritaria. Se esfuerza para que La Cosa no descubra que en su interior se encuentra preocupado y molesto. Preocupado por si el ruido ha despertado a sus padres y molesto por el drakar hecho añicos. Le costó dos años reunir los palitos suficientes y cuatro meses para construirlo. Respira despacio, al ritmo del corazón. No sabe con quién está hablando ni lo que es capaz de hacer. Solo ha deducido que está asustado y que necesita su ayudada. De acuerdo. Piensa. Mañana me pondré anti-ojeras y beberé ocho cafés para mantenerme despierto. ¿Contento?
La nube parece haber leído su pensamiento. La temperatura desciende lentamente hasta los 23ºC, una temperatura que resulta agradable para un chico en ropa interior. Flota dando botes en el aire. Se coloca a un metro de distancia de la frente de Darío. Descubre que los puntos rojos y negros, que en un principio le parecieron diminutos insectos, son parte de La Cosa, como si fueran rasgos faciales. A esa distancia, la densa masa de aire caliente parece un rostro translucido y los puntos rojos y negros, sus pecas.
—¿Qué eres?
La nube se acerca a Darío. Él levanta la mano muy despacio como hizo la primera vez que se encontró con ella.
—¿Qué quieres?
Darío recuerda que los vampiros poseen la capacidad de cambiar de forma. Algunas películas lo representaban como una bandada de murciélagos y otras como una humareda caliente y gris.
—¿Eres un vampiro? — otra pregunta, más ridícula todavía, se le cruza por la cabeza — ¿Eres Campanilla?
La Cosa contesta con saltitos en el aire como si estuviera diciendo que sí. Darío se encuentra confuso. No sabe cómo reaccionar. ¿La chica que conoció en la fiesta está en el interior de la masa de aire? ¿La chica es la masa de aire? Se ríe ante la sarta de idioteces que se está preguntando. Las chicas no son nubes calientes. ¿Y las hadas son nubes? Las hadas no existen.
Darío está decidido a tomar una explicación. Pesadilla o realidad. Juego de luces o nube caliente. Vampiro o hada. ¡Adelante! Acerca la mano hacia los puntitos rojos y negros. La sensación térmica es mayor cuanto más se cerca se encuentra. Es absurdo, no puede ser real. Darío se ríe. Siente como Campanilla coge de su mano y lo ayuda a levantarse de la cama. Lo lleva hacia el espejo de la habitación. La nube se coloca a su espalda. Una mano de mujer emerge de ella. Le acaricia las marcas que el polvo de hada dejó en su espalda en forma de fogosos arañazos. La mano asciende lentamente. Darío nota los labios besando su cuello antes de que éstos tomen forma. La habitación se inunda del perfume de Campanilla.
—¿No te da vergüenza haberme seguido hasta aquí? — le pregunta con una sonrisa socarrona. — Peter Pan se pondrá celoso.
La chica no contesta, sigue besando su cuello.
Darío ve su propio reflejo en el espejo, no el de la mujer. Observa su sonrisa placentera y sus ojos resplandeciendo con un tenue brillo anaranjado. Sabe lo que significa. Lo acaba de leer. Significa que está hipnotizado por el hechizo de un vampiro.
Campanilla abre la boca dejando al descubierto sus colmillos de murciélago. Darío, sumiso por el conjuro, afirma con la cabeza. Adelante, soy todo tuyo. Te dije que esta noche sería tu Peter Pan.
La mujer le muerde en el cuello y bebe de su sangre. El reflejo de Darío en el espejo comienza a difuminarse.

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Tercer relato del especial Halloween de este año, el cual he bautizado como Azäirween. Un relato de terror cada fin de semana de octubre y un último relato, adicional, el día 31. Espero que os guste.

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domingo, 14 de octubre de 2018

Nathan [Especial Halloween, #Azäirween]


Abre la puerta del armario y echa a un lado los abrigos. Busca lo que hay detrás, escondido para que su hijo no lo vea: una escopeta de caza. Coge la funda del arma con suma delicadeza como si fuera una reliquia, como si fuera a dispararse sola por tratarla con menos cuidado. Jones Luche sabe perfectamente que la escopeta está descargada; pese a ello, no puede evitar sentir la excitación que provoca sostener un arma. Decenas de ideas pasan por su cabeza, algunas le resultan peligrosamente atractivas y otras son tan horrendas que le hacen agachar la cabeza al suelo y mirarse los pies desnudos lamentándose de sus fantasías. La sensación de arrepentimiento no le resulta extraña. En las últimas cuarenta y ocho horas ha estado llorando. Se ha pasado la noche en vela, a veces gritando y otras mirándose los dedos de los pies en silencio. Pensaba que podía haberlo evitado, podría haber sido un mejor padre, más atento. Esa zorra que había sido su mujer tiene razón cuando dice que Jones no sirve para nada. Fue un mal esposo en su matrimonio y ha sido en pésimo padre en los últimas semanas. Ella, Cara Darryl, será de las primeras personas en cantar victoria al descubrir que su ex-marido se ha decantado por utilizar el método Curt Cobain. Estará encantada. Quizás podrá engañar a la prensa (Jones espera que su muerte sea anunciada por la prensa) y a sus amigos con lágrimas de cocodrilo. Pero a él no le engañará. Cara se esconderá en los baños para reír la muerte de Jones; será la mejor noticia que reciba en años.
Jones se da cuenta que tiene los labios apretados en tensión. Pensar en su ex-mujer le ha hecho levantar de nuevo la cabeza y fijarse en lo que está haciendo. Deja la escopeta enfundada en la cama. Acerca una escalerilla al armario y sube en ella para alcanzar los cajones más altos del altillo. Es ahí donde guarda la caja con los cartuchos de balas. Cuando se tiene un hijo (tenía), toda precaución es poca. No basta con esconder la escopeta y la caja de balas, y con prohibir a Jerry acercarse al armario solo conseguía que la idea resultase más atractiva. Jones pensaba que era necesario separar el arma de las balas y, al ser posible, dejar ambas fuera del alcance de Jerry. La escopeta no cabe en el altillo, es demasiado grande.
Deja la caja de balas en la cama, justo al lado del arma. Procede con el mismo ritual que imagina que siguió Curt Cobain. Es un buen método. El cantante de Nirvana sabía lo que estaba haciendo. A Jones Luche no le hizo falta estudiar la historia de Cobain antes de disponerse a realizar su método homónimo, la conoce a la perfección. Jones se dedica a la música, posee un grupo de rock con unos amigos: “El caballo de Troya”. Conoce una gran cantidad de bandas de música. Es capaz de recitar el nombre de cada uno de los integrantes que han tenido sus grupos favoritos a lo largo de la historia. Jones no es ningún genio musical. Toca la guitarra y el bajo de manera mediocre. Su voz es casi tan básica como su dominio de los instrumentos. Fantaseaba con ser un Robert Plant, un Bruce Dickinson y un Ian Gillan. Al aceptar el método Curt Cobain, se da cuenta que nunca llegará podrá equipararse con alguno de sus ídolos. La buena noticia es que cumplirá con la lección que ellos profesaron: vive deprisa y deja un cadáver bonito.
Acaricia la funda del arma con los dedos de la mano como si fuera la espalda de una mujer. Se despide de ella, pronto se volverán a encontrar y será la última vez que Jones Luche se encuentre con alguien. Camina hacia el escritorio de la habitación sin levantar los pies del suelo. El batín que lleva puesto le confiere un aspecto espectral; parece que esté flotando a un palmo de distancia sobre el suelo como si fuera un fantas…. Evita pensar en esa palabra. En algún momento deberá escribirla en su carta de despedida (el método de Curt Cobain establece que se ha de escribir varias cartas hacia sus seres queridos explicando el porqué de su muerte) y cuando lo haga esa palabra se hará realidad. Dejará de ser la fantasía de un niño para convertirse en la realidad de un adulto y en el motivo por el cual decidió tomar el método Curt Cobain.
Se deja caer en la silla. Siente que su cuerpo pesa tanto que no lo puede sostener. Se acomoda en el respaldo y mira hacia el techo de la habitación. ¿Siempre ha estado tan alto? Pardea repetidas veces y se vuelve a fijar. No, el techo está en la misma posición que siempre ha estado. Jones se encuentra tan confuso y asustado que le cuesta calcular las distancias. Mira una vez y el techo parece estar a cinco metros sobre su cabeza, en una segunda  vez parece estar aplastándole y en la tercera, vuelve a su posición habitual. Suspira. Esto acabará pronto. Debe darse prisa por empezar a escribir las cartas, aunque realmente, en lo que piensa es en terminarlas.
Hasta ahora, no ha pensado en cuántas cartas va a escribir ni qué dirá en cada una de ellas. Tiene una vaga idea de lo que sucederá después: alguien descubrirá su cadáver y leerá en contenido de las cartas. La prensa se hará eco de la noticia, divulgará lo ocurrido tergiversando la situación para hacerle quedar como un loco y un asesino. Dirán que fue él quien mató a su hijo, escondió el cuerpo y luego se suicidó por la pena. No será la verdad. Jones amaba y ama a su hijo Jerry más que a la música. Se está esforzando por dar una explicación de lo ocurrido, lo hará para honrar la memoria de su hijo. Jones se da golpecitos en la sien con el extremo del lápiz a la vez que desvía la mirada hacia la escopeta de la cama. Todavía no. No debe de saltarse ningún paso.
Decide dedicarse la primera carta. Piensa que al terminar con el método Curt Cobain alcanzará el Nirvana que Jerry no pudo acceder. Desde allí podrá leer la carta y entenderá lo que ha hecho. Empieza escribiendo la letra de una de sus canciones favoritas de la banda: “Lilithium”. Poco a poco, las palabras que desea transmitir se aparecen en la hoja. Escribir una carta de despedida no le resulta diferente a componer una canción. La clave está en dejarse llevar.
Comienza contando la historia  del nacimiento de Jerry. En aquel entonces, Cara y Jones no se odiaban. Ella aceptaba los sueños musicales de su marido y él amaba a su esposa. Recibieron a su hijo como el regalo que era, llevaban dos años buscándolo. Ambos lloraron de felicidad. Recordaron aquel intento fallido que resultó en tantas discusiones. Un año atrás, Cara había sufrido un aborto espontáneo a los seis meses de estar embarazada. Aquel niño se iba a llamar Nathan. Los doctores no supieron dar una explicación racional de lo que había sucedido. Se escudaron con frases fastidiosas que parecían estar sacadas de una serie de bajo presupuesto: son cosas que pasan, es más común de lo que cree, su mujer está perfectamente…. Mentiras, todas ellas. Cara Darryl no estuvo bien, ese pedazo de su corazón quedó roto tras la pérdida de Nathan; solo Jerry consiguió repararlo. Por mucho que los doctores insistiesen, Cara se negaba a soltar al bebé. En aquella época, a Jones le parecía un gesto dulce y tierno; ahora le parece un acto egoísta y no duda en dar parte en la carta: Cara Darryl es una zorra egoísta. El nacimiento de Jerry significó un nuevo comienzo para ella. Dejó de sentirse como una fracasada que había dejado morir a un niño que ni siquiera había tenido oportunidad de nacer. Quiso alejarse de los malos pensamientos y de los planes que había creado para Nathan. Jones cree que incluso llegó a obligarse a olvidar el nombre de Nathan. Después del nacimiento de Jerry, solo quedaba una cosa que hacía que Cara recordase el trauma del aborto y esa cosa era Jones y las canciones que él había compuesto para su primer hijo.
Sucedió lo inevitable, Cara y Jones terminaron divorciándose. Jerry tenía dos años. Según el acuerdo, el niño viviría con su madre la mayor parte del tiempo, mientras que los fines de semana y festivos, los pasaría con Jones; al menos, en teoría. Cara era rehacía a cumplir con el horario estipulado. Lo sujetaba en brazos y suplicaba a Jones que se fuera y que no volviera hasta la semana que viene, entonces dejaría que se llevara a Jerry. Un niño debe estar con su madre, argumentaba. Jones no quería discutir más con ella, había comprobado en estos dos años que no merecía la pena. Cada vez que llamaba a la puerta de aquella desconocida vivienda que debió de ser suya se encontraba con un niño que no le reconocía completamente como papá y con unas garras que no le dejaban marchar. De cuatro fines de semana que tenía un mes, Jerry alcanzaba a pasar uno con su padre. Era lo mejor para el niño, insistía Cara.
A pesar del poco tiempo que pasaban juntos, Jones jamás dejó de querer a su hijo. Le prestaba tanta atención como disponía. Los ratos que no estaba ensañando con “El caballo de Troya” ni componiendo canciones, Jones los dedicaba a pensar en su hijo.
Aprieta el lápiz en el papel y escribe con letra gruesa: Juro que lo quiero. Sería incapaz de matarlo.
Jones reside en un apartamento de dos habitaciones. Jamás ha cumplido con la fecha del pago del alquiler. Pensó que su economía sería mejor si hubiera buscado un apartamento más pequeño, con un solo dormitorio. Pero, entonces, Jerry no dispondría de una habitación propia ni de un lugar amplio donde poder correr y jugar; además que Cara tendría otra escusa a sumar para no entregarle al niño. Jones preparó la habitación de Jerry de acuerdo a sus gustos. Como le encantaban las naves espaciales y los extraterrestres, decoró las paredes del dormitorio con pegatinas de estrellas, planetas y naves fluorescentes. Bajo de la cama había una caja de juguetes que bien podía utilizarse como atrezo de una película de Star Wars y pasarían desapercibidos. Cada mes salía una nueva película del espacio en los cines; Jones las esperaba casi con tantas ansias como su hijo. Aprovecha que a Cara no le gustaba el género de ciencia-ficción, por alguna razón absurda le daba miedo los monstruos espaciales, para llevar a Jerry al cine.
El Jerry de siete años quería ser astronauta cuando fuera mayor: viajar por el espacio y conquistar planetas. Decía, muy seriamente, que se casaría con una chica de Saturno y que tendrían muchos hijos. Jones inventó el idioma que se imaginaba que hablaban los habitantes de Saturno usando, como base, las notas musicales. Le enseñó el idioma su hijo. Si tan decidido estaba en casarse con una alienígena de Saturno, debía de conocer la lengua del planeta. Era un juego divertido que, además de entretener por un rato a Jerry, le servía para componer canciones. El nuevo CD de “El caballo de Troya” disponía de tres canciones escritas en saturnense; eran muy divertidas y al público les encantaban.
La imaginación de Jerry no tenía rival. El chico era capaz de inventar todo un planeta, con su flora y su fauna incluida. Si es que no llega a convertirse en un astronauta, pensaba Jones, llegaría a ser un excelente escritor.
Es debida a la viva imaginación del niño que a Jones no le extrañó que mencionase el nombre de Nathan. Ni siquiera le prestó atención. Podría haber escuchado el nombre en la televisión, en el colegio o leído en alguno de sus cuentos infantiles.
Jerry decía que Nathan se parecía mucho a él. Era un poco más alto, lo ejemplificaba con la mano mostrando una altura aproximada, y mucho más delgado. Lo comparaba con el reflejo de los espejos deformes de la feria.
—Me quita los juguetes y los pone donde yo no llego.
—Se lo has dicho a la profesora — contestó Jones pensando que se refería a un compañero de clase.
—No, no es un niño del colegio.
—¿Es un niño del barrio donde vive mamá?
—Tampoco. Nathan vive aquí.
—¿Ah, sí?
—Sí, vive en el armario. Me roba los juguetes. No sé dónde los pone.
—¿Me dejas que eche un vistazo?
En el armario solo había ropa, ni rastro de ningún niño imaginario. Jones preguntó por los juguetes que Jerry había perdido. No creía que nadie los hubiera cogido. En su habitación, solo entra él. Simplemente, los había perdido. Nathan era la excusa para no aceptar que no recordaba dónde los había puesto. Cosas de niños; suponía Jones.
—La nave “El pájaro-sónico” y su comandante. No están en la caja. Nathan me los ha quitado.
Cierto, no estaban en la caja de juguetes, sino en el interior del zapatero. Podía ser que, jugando, Jerry los había dejado en ese lugar sin haberse dado cuenta. Jones no le dio mayor importancia.
Me equivoqué.
Otros juguetes fueron desapareciendo y apareciendo en diferentes lugares del apartamento. Jerry se acostumbró muy rápido a acusar a Nathan. Jones tomó una decisión: vigilaría a Jerry mientras jugaba. Así sabría dónde había puesto a los muñecos. El plan funcionó a la perfección y Jerry dejó de hablar sobre Nathan. Los juguetes estaban todos en su sitio. La nave que el niño que había bautizado como “El pájaro sónico”, la valiente tripulación de “El pájaro”, los monstruos extraterrestres…, todos en su correspondiente lugar: en la caja bajo la cama.
Pasaron los días y Jones perdió el habitó de vigilar a su hijo. Pensó que ya no era necesario. Los niños se aburrían con facilidad. Nathan no tenían por qué volver. No fue así.
Durante un mes (lo que equivale a ocho días con Jerry según el acuerdo de divorcio), Jerry se despertaba a la misma hora de la noche y corría a la habitación de su padre asustado. Decía que Nathan se había acostado a su lado y lo empujaba al suelo. El niño estaba helado. Tenía tanto miedo que era incapaz de hablar con claridad. Jones le tranquilizó con un abrazo. Le dijo la verdad a su hijo: no existe ningún Nathan. Debía de volver a la cama. Los primeros días, Jerry aceptaba dócilmente. El cuarto día, fue incapaz de volver solo a su dormitorio. Jones le acompañó. Jerry no quería separarse de sus rodillas. El niño no mentía en una cosa y es que, en cierto sentido, Jerry no había dormido solo, en las noches que Jones le acompañó ni en las anteriores; su cama estaba repleta de juguetes.
—Sabes que no puedes meter tantos juguetes en la cama. Máximo dos.
—No he sido yo, ha sido Nathan. Quiere mis juguetes y mi cama, por eso me los quita.
Ya estaba bien. Jones estaba cansado de escuchar siempre la misma monserga. ¿Qué clase de padre sería si permitía a su hijo desobedecerlo y esconderse en una mentira? Podía seguirle el juego durante unos pocos días, quizás fuera una pesadilla puntual; pero, lo que no estaba dispuesto era a que su propio hijo le tomase el pelo. Lo castigó: dos fines de semana sin juguetes. ¡Pero papá! Basta de peros. Una vez tomada la decisión, no había vuelta de hoja.
Y llega el momento que Jones ha estado esquivando desde el momento en que empezó a escribir: el momento en el que debe de aceptar que Nathan es un…. La palabra que escribe resulta incomprensible. Le tiemblan las manos. Jones se esfuerza por mantener la calma. Una palabra no puede dañarle y, si lo hace, no tiene que preocuparse. El método Curt Cobain tenía una efectividad comprobada, le quitará todo el dolor. Vuelve a escribir la palabra. Aprieta el lápiz en la hoja. La escribe muy lentamente. Nathan es un fantasma.
Era el tercer viernes del mes. Hacía unas pocas horas que Jones había recogido a Jerry de la casa de su madre. El castigo había finalizado. Jones tenía una sorpresa preparada para su hijo. Debajo de la cama, no estaba la caja de juguetes que Jerry esperaba encontrar, sino una caja mucho más pequeña envuelta en papel de regalo: una nueva nave especial que Jones le había comprado como recompensa por no haber mencionado a Nathan en estas dos semanas de castigo.
Jones acompañó a Jerry hasta su dormitorio, esperó en el umbral de la puerta por ver su reacción. El niño fue corriendo a la cama. Se puso de rodillas y se metió bajo de ella.
—Dime Jerry, ¿qué encuentras ahí abajo?
Jerry no contestó.
—¿Jerry?
La sorpresa parecía haberle dejado mudo. Jones sonrió desde el umbral. Era gusto la reacción que había estado esperando.
—¿Qué tal, te gusta? Es por haberte comportado tan bien en estas últimas semanas. ¿Qué me dices? ¿Te gusta?
No hubo una respuesta inmediata.
Jones caminó lentamente hacia la cama. La sonrisa se había torcido en un gesto de preocupación. Estaba a punto de agacharse cuando Jerry contestó.
—¡Papá, me ha atrapado! — la voz provenía de las paredes de la habitación — Era una trampa. Ha estado esperándome. Me lleva a su mundo.
Jones se puso de rodillas y miró bajo de la cama. El regalo estaba en el mismo lugar donde lo dejó, pero Jerry no estaba en ningún lugar.
—¡Papá, ayuda!
Buscando una explicación racional, pensó que su hijo quería jugar. Habría salido por el otro lado de la cama y escondido en algún sitio. En el armario, tal vez. Eso explicaría el eco en las paredes. Jerry tenía mucha imaginación.
—¡PAPÁ!
Abrió el armario, estaba completamente vacío. Incluso la ropa del niño había desaparecido. Jones cerró el armario y negó con la cabeza. Tuvo una corazonada, fue como si alguien en su mente le hubiera ordenado que volviera a abrir el armario. Jones obedeció. En el estante de las camisetas de verano se encontraba la nave “El pájaro-sónico” y su valiente tripulación colocada como si estuvieran a punto de emprender uno de sus famosos viajes galácticos.
—¡AYUDA!
¿Quién los había puesto ahí? Es la pregunta que se repitió en los días que continuaron, pero no la que se hizo en aquel momento. Jones se preguntaba dónde estaba su hijo. Aquel juego no tenía ninguna gracia. Los gritos de auxilio parecían venir de todos los lugares de la habitación a la vez. Volvió a comprobar debajo de la cama. No había nada, ni siquiera el regalo. ¿En otra habitación? Jerry podría haber salido por la puerta, Jones la dejó abierta. No, los gritos sonaban en el dormitorio del niño, al cambiar de habitación no se escuchaba nada. Estaba aquí. En algún, lugar, debía de estar aquí.
—¡ES NATHAN! — y Jerry no dijo nada más.
Jones revisó repetidas veces cada uno de los escondites posibles. Deshizo la cama echando las sábanas a un lado. Rebuscó incluso en los lugares donde Jerry no cabía. Lo único que encontraba eran los muñecos que deberían estar en la caja de juguetes.
Después de varias horas arrodillado en medio del caos que se había convertido la habitación de Jerry, Jones se preguntó quién podría ayudarle. Llamar a la policía parecía la opción más factible. ¿Qué les diría? ¿Cómo les explicaría que su hijo había sido secuestrado por el fantasma de un niño que no había llegado a nacer? Lo tomarían por un loco y entonces no habría forma de recuperar a Jerry. Se decantó por llamar a Cara. Era la última persona con la que quería hablar, pero la única que esperaba que lo comprendiese. Por el amor que se tuvieron en el pasado, Cara Darryl debía creer en su palabra.
Jerry ha desaparecido. Las palabras poseían magia. A los pocos minutos de realizar la llamada, Cara se presentó en el apartamento de Jones. La mano izquierda la tenía ocupada limpiándose con un pañuelo el maquillaje corrido por las lágrimas; con la mano libre abofeteó a Jones.
—¡¿Cómo has podido?! — eso estaba bien, Cara tenía mucha tensión acumulada.
Jones la llevó a la habitación de Jerry. Le explicó lo que había sucedido tal y como él lo recordaba. Cada vez que pronunciaba el nombre de Nathan, Cara sentía un escalofrío que la hacía estremecer.
—¡Mientes, estás mintiendo! Has perdido a mi hijo. ¿Dónde ha sido? A mí no me engañas. Ha sido en uno de esos bares que sueles ir a tocar. ¿Verdad? No puedes mentirme — golpeó el pecho de Jones con las dos manos — Quieres asustarme. Es eso, verdad. Quieres verme llorar. Es una especie de venganza contra mí. ¡Basta! Quiero que me devuelvas a mi hijo. ¿Dónde está?
Jones lloraba tanto como ella. Le había dicho la verdad. Jerry había desaparecido. Intentó abrazar a Cara como solía abrazarla antes del divorcio. Ella se negó echándose hacia atrás. Se marchó del apartamento llamando a la policía. Jones no supo dónde ir. Se quedó tumbado en la cama de Jerry.
A la media hora, un grupo de cuatro agentes de policía llamaron a la puerta de Jones. A saber qué les había contado Cara. Jones los abrió y les dejó pasar. Evitó mirarles a los ojos; parecían tan inexpresivos como robots. Los policías tomaron nota de lo ocurrido. Jones les dijo la verdad. Ellos no le creyeron. Pidieron una lista de los lugares que Jones solía transitar de manera habitual: el estudio de grabación, los bares de rock que tocaba con “El caballo el Troya”, los parques cercanos donde llevaba a su hijo a jugar, el cine…. Los agentes querían conocer todos sus pasos.
—Ya les he dicho lo que ha pasado. ¿Qué tiene que ver mi banda en todo esto? Mi hijo ha desaparecido. Estaba aquí, justo aquí donde les señalo, y al segundo, ya no estaba.
Esa noche no pudo dormir. Descansó en la cama de Jerry. Guardaba la esperanza que su hijo apareciese. Desde el interior de las paredes, se escuchaba el inconfundible sonido del papel rasgado por un niño. A las dos de la madrugada, el niño jugó con su nuevo regalo. Imitó el ruido de los motores de la nave especial con la boca y la hacía volar por el espacio.
—¿Nathan, eres tú?
El sonido de motores cesó.
—¿Nathan? — pronunciar el nombre en voz alta le costó horrores — ¿Dónde está Jerry? ¡Dímelo! — Jones se levantó violentamente de la cama — ¡Haz que vuelva!
 Silencio. Unos minutos después, Nathan continuó jugando como si nada.
Al día siguiente, los medios de comunicación anunciaron la desaparición de Jerry. Cara Darryl salió en la televisión, en las noticias de la mañana y del mediodía. Cuidó sus palabras frente a las cámaras para no mencionar a Jones. Él imaginó que Cara le miraba a través de la pantalla con un gesto acusador.
Nathan se reía de su padre. No dejó de hacerlo. La risa endemoniada del niño se escuchaba por todos los rincones de la casa: bajo del fregadero, en el interior de los armarios, en el techo…. Allí donde estaba Nathan, aparecía uno de los juguetes de Jerry, preparado para empezar a jugar.
Varios grupos de personas se organizaron para buscar a Jerry por la ciudad. Jones los vio por la televisión. Los padres de los compañeros del colegio de Jerry, amigos de Cara y los otros miembros de “El caballo de Troya”. Dieron su apoyo a Cara y le prometieron que encontraría a su hijo (su hijo, no el hijo de ella y de Jones). Jones se quedó en la casa. No veía ningún sentido en buscar a Jerry por la ciudad. Jerry estaba aquí, en ese lugar del apartamento donde Nathan se escondía.
Hoy es domingo. Jones explica en la carta que ha pasado la noche del sábado gritando a las paredes. Los vecinos han llamado a la policía. Ésta pidió a Jones que se calmase, estuvo unos minutos con él y luego se marchó. Comprendemos su dolor, pero debe tranquilizase. No, no lo comprenden. No saben lo que es escuchar a un niño burlándose a todas horas de él. Perdone que les diga, pero ninguno de vosotros a perdido a su hijo a manos de un fantasma. Y al pronunciar esa última palabra, los policías se marcharon. Jones se quedó solo en el apartamento. Solo no, con Nathan. Jones quiso deshacerse de él. Cogió la máquina taladradora y hizo una gran multitud de agujeros en la pared. Sal, de dónde quiera que estés, sal y devuélveme a mí hijo.
Exhausto, buscó respuesta en la música que amaba. Fue entonces cuando tuvo la gran idea de emplear el método Curt Cobain.
Acaba la carta disculpándose a sí mismo. Siente que ha fallado como marido, padre y persona. Espera hacerlo mejor en la siguiente vida.
La segunda carta la dedica a su ex-mujer. El mensaje es mucho más breve que en la primera: Cuida tú de Nathan. Qué te jodan. Que os jodan a los dos.
Piensa en escribir una tercera para Jerry, sería la más extensa. Decide no hacerlo. Cree que Nathan no permitirá a Jerry asomarse al mundo de los vivos y leer la carta que su padre le ha dejado.
Deja las cartas en el escritorio, a la vista de la policía, que no tardará en llegar. Los otros papeles que hay encima los echa a la basura. Se toma muchas molestias para que le lean, para que el mundo sepa lo que ocurrió.
Se sienta en la cama. Saca la escopeta de su funda. Abre la caja de cartuchos de bala. Carga el arma. Culata en el suelo. Cañón en la boca. Método Curt Cobain.

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Segundo relato del especial Halloween de este año, el cual he bautizado como Azäirween. Un relato de terror cada fin de semana de octubre y un último relato, adicional, el día 31. Espero que os guste.


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domingo, 7 de octubre de 2018

La cita perfecta [Especial Halloween, #Azäirween]


El motivo principal por el cual su color preferido era el rojo era porque evocaba los sentimientos que la gente común se resistía a hablar en voz alta. “Te quiero”. Eran dos palabras tan sencillas de pronunciar como necesarias. Marlene creía que las personas no decían “te quiero” las suficientes veces al cabo del día. Ahí estaba ella, con su vestido de color rojo y un lazo del pelo a juego, para contagiar con su amor a todo el mundo. ¡La epidemia del color rojo! Era un día especial para Marlene, ¿y qué mejor forma de celebrarlo que vistiendo de su color preferido y diciendo a las personas que las querías? Salió de su casa con la sonrisa del niño que planea hacer una travesura. Estaba preparada para su gran día: nada más y nada menos, que su sexto aniversario con su chico, Jonesy. ¡Qué emoción!
El plan  era la siguiente: dar un par de vueltas por la ciudad durante unas horas, lucir su espectacular vestido rojo, expandir la epidemia del amor a quienes la viesen y, tal vez, comprar una bandeja de pastelitos antes de volver a casa por no regresar con las manos vacías. Dos horas serían más que suficientes. Jonesy tendría tiempo de sobra para preparar su sorpresa. Marlene sabía de antemano qué era esa sorpresa, ella misma lo había ayudado con los preparativos; pero, de todas formas, estaba dispuesta en hacerse la sorprendida. Había cierta emoción en la falsa actuación. Mientras paseaba, con su sonrisa impecable, Marlene pensaba en si Jonesy sería o no capaz de averiguar por sí solo si la cara de sorprendida de Marlene sería real o una mentirijilla piadosa muy bien disimulada. Seguramente, fuera lo primero. Jonsey era muy despistado; cualidad que le hacía parecer muy tierno.
El paseo llevó a Marlene por la zona de comercios de la avenida. Hacía varios minutos que había comenzado a caminar de forma inconsciente. A penas se daba cuenta dónde estaba. Fue el grito de un hombre grande y robusto el que hizo que Marlene fijara su atención y viera dónde estaba. Un niño, un diablillo sin vergüenza, había cogido una manzana del puesto de frutas y se iba corriendo con sus amigos. El frutero se quedó gritando en la puerta del local, si salía correría el riesgo de sufrir más robos. Lo único que podía hacer era quedarse en el umbral de la frutería y gritar con el brazo levantado en un gesto de inconfundible amenaza. El niño, sin dejar de correr, levantaba la manzana como si fuera un trofeo; pronto se reuniría con su grupo de amigos que le esperaban dos calles más abajo y juntos celebrarían la victoria. Marlene observó la escena como si perteneciera a un mundo diferente al suyo. En la película que se había formado en su cabeza, no había momento para entretenerse con las travesuras de unos gamberros. Era una película de amor donde ella y su novio eran los protagonistas y todas las escenas poseían un filtro de color rojo. La manzana que el niño robó era de color verde; no pertenecía al mismo mundo que Marlene. De todas formas, se acercó a la tienda, solamente para que el frutero dejase de gritar. La magia del color rojo de su vestido y de su lazo funcionó a la perfección. La cara de molestia del hombre se desvaneció para dar paso a una servicial sonrisa de: “¿en qué puedo ayudarla, jovencita?”
—Deme medio kilo de manzanas, de las rojas. — naturalmente.
Continuó caminando calle abajo hasta llegar a su panadería de confianza. En este caso, no fue necesario utilizar la magia del vestido para hacer sonreír a la panadera. Marlene la encontró riendo las bromas de sus clientes. Aun así, Marlene se alegró al comprobar que la sonrisa no desapareció después de comprar la bandeja de pastelitos para la cita.
Pasaron las dos horas de cortesía que Marlene regaló a Jonesy para que terminase con los preparativos de la sorpresa. Era el momento de volver a casa. En una mano llevaba la bolsa blanca que ocultaba la bandeja de pastelitos. Marlene pidió expresamente a la panadera que la bolsa fuera de un color que no transparentase la bandeja de pastelitos; eran una pequeña sorpresa dentro de la gran sorpresa que era la cita. En la otra mano, llevaba una bolsa de papel barrón con el medio quilo de manzanas rojas. En caso de que Jonesy se comiera todos los pastelitos, cosa que era muy posible ya que era todo un goloso (otros de sus muchos encantos), Marlene se comería una manzana de postre.
Llegó a las puertas del piso y puso especial empeño en subir los escalones pisando fuerte para hacer el máximo ruido posible. Esto alertaría a Jonesy. Si tenía algo entre manos, debía darse prisa en terminarlo cuanto antes. Marlene estaba a punto de subir y estaría feo que se encontrase con una sorpresa a medio preparar.
—Adelante, prepara tu mejor cara de sorpresa. — se dijo en voz baja al llegar a su rellano.
Se quedó parada unos segundos frente a la puerta. Hizo ruido con las llaves para hacerse notar. Él no se daría cuenta que lo estaba haciendo a propósito, pensaría que Marlene era tan despistado como él y no podía encontrar las llaves en su bolso. Un plan perfecto. Espero que estés listo, Jonesy, porque allí que voy. Abrió la puerta.
Jonesy estaba sentado en la mesa del comedor. Estaba hecho un pincel. Como Marlene, se había vestido con sus mejores prendas: un elegante traje de color negro planchado esa misma mañana (fue Marlene quien lo planchó), una camisa de color crema y una corbata que, como no podía ser de otro manera, era de color roja. Marlene lo había ayudado a vestirse y peinarse; no fue ninguna sorpresa encontrarlo tan bien vestido. Aun así, verlo sentado en la mesa con la espalda erguida, alrededor de todos los adornos de la mesa que juntos habían comprado y con una sonrisa celebrando su llegada, hizo que a Marlene se le derritiera el corazón. Fue corriendo a la mesa. Con un gesto apurado con las manos cargadas de bolsas, indicó a Jonsey que no se levantase, sabía que en su estado no podría hacerlo y no quería molestarlo. Abrazó a su chico por el cuello y le besó en los labios. ¡Qué guapo estaba!
— ¿Todo esto lo has hecho tú? — sabía perfectamente que no, que casi todo el mérito era de ella — No tenías por qué hacerlo. Velas, un jarrón con rosas…. ¡Te has pasado! Para mí este día es como cualquier otro. — mintió. Había practicado qué decir en las dos horas del paseo. — Mira, yo también me he acordado de ti, he comprado una bandeja de pastelitos para el postre. —descubrió la bandeja de pastelitos para hacerle la boca agua. — ¿Qué has preparado para comer? ¿Puedo ir a verlo?
Marlene fue a la cocina con la bolsa de manzanas y la bandeja de pastelitos antes de que Jonesy se comiera ambas y no dejase nada para el postre. Dejó los pastelitos en la nevera y las manazas en la despensa. Luego, se agachó a ver qué había en el horno. Jonesy era un pésimo cocinero. Marlene le había dado claras instrucciones de cómo debía cocinar el pollo marinado. Lo más seguro era que, incluso con la receta delante de sus narices, habría hecho algo mal: se habría pasado o quedado corto con la sal, el pollo estaría quemado o crudo, podría haberse equivocado de vino o utilizado unas especias que no eran las correspondientes para esta receta. Había tanto que podía salir mal que Marlene no se atrevía a dejarlo solo en su cocina; sentado en la mesa estaba mucho mejor. Antes de haber salido de casa, Marlene se había asegurado de dejar pausado el horno. Continuaría con la cocina después de regresar al piso, es decir, ahora. La comida era parte de la sorpresa que Marlene había confeccionado, pero que me permitía que Jonesy se llevase todo el crédito. El pobre, no sabía hacer nada de no ser por ella.
Encendió el horno con la opción de pre-calentar y volvió a la mesa junto con Jonesy. En el rato que terminaba de hacerse la comida, podrían charlar de sus cosas. Además, Marlene (que no Jonesy), había preparado la mesa con todo tipo de aperitivos para hacer hambre mientras se terminaba de hacer el plato principal.
—Podrías haberte lucido un poco más. Un pollo no es un plato indicado para un aniversario. Te lo perdono porque sé lo torpe que eres con la cocina y porque estás muy guapo. — Marlene interpretó su mejor papel de novia molestia. En realidad, estaba encantada con la comida y la puesta en escena.
Cogió el plato que estaba frente a Jonesy y lo llenó de todo tipo de aperitivos que había sobre la mesa: dese los clásicos y poco trabajados panecillos de pates hasta un rico surtido de quesos. No había mucha elaboración en los aperitivos; ninguna, a decir verdad. Eran platos al estilo Jonesy.
—¿Necesitas que te ayude a comer? Tienes la mandíbula un poco torcida. Creía haberla sujetado bien. Ya sé que unas gomas no pueden sustituir la carne, pero no se me ocurría otra cosa con la que mantenerla unida. Estabas muy feo sin mandíbula, de alguna forma tenía que volver a atar. ¿Es que no te gusta cómo te queda? ¡No me mires así! Hice todo lo que estaba en mi mano para que te vieras bien. No, no hagas eso. Me estás juzgando con la mirada. Odio cuando haces eso. Lo hice por tu bien, por nosotros, porque te quiero. Deja de mirarme así. ¡Déjalo, ya! — golpeó la mesa con las dos manos. Suspiró y bajó la cabeza, hacia su vestido. El color rojo la hizo sonreír. —Lo siento, supongo que todavía estoy un pelín asustada. No más gritos. ¿Vale? Comeremos, charlaremos durante un rato y luego iremos a la cama a terminar con la sorpresa. Prometo sorpréndeme cuando vea que la caja envuelta para regalo que hay bajo de la cama. Sé que es lencería roja, de nuestro color favorito. La he comprado yo. Pero, será tu regalo. ¿Vale? Como si nada hubiera pasado. Después de los pastelitos, estrenaré la lencería para enseñarte como me queda y seremos felices. Es un muy buen plan. La mejor cita que hemos tenido nunca. ¿Verdad que sí?
Marlene se levantó alegremente. Se puso detrás de Jonesy, colocó sus manos encima de las suyas y las dirigió como si fueran las de una marioneta para que cogiese la comida que tenía delante. Después de las dificultades que surgieron al vestirlo y peinarlo, hacer que Jonesy cogiera un tenedor con la mano izquierda y un cuchillo con la derecha resultaba una tarea bastante más sencilla de lo que parecía a simple vista.
—Te quiero. — susurró a la oreja del muerto a la vez que depositaba un trocito de queso en su boca.
Soltó las manos inmóviles de Jonesy y las puso en su mandíbula sujeta con gomas. Hacer que comiera el queso fue más complicado. Al mover la mandíbula de arriba y abajo, las gomas se enredaban entre ellas y la boca no llegaba a cerrarse de todo. Finalmente, se decantó por triturar ella misma la comida y entregársela con un beso como si fuera una mamá pájaro.
—Ahora tú solito. Yo también tengo hambre, ¿sabes? Eres un glotón egoísta.
Regresó a su asiento y se sirvió un surtido de aperitivos mucho menor del que había puesto en el plato de Jonesy. En la fantasía de Marlene, él seguía siendo un tragoncete. No importaba que se le cayese la mandíbula, que la piel estuviera cubierta por papel mezclado con cola y agua como si fuera una momia hecha en un taller de manualidades ni que oliera a una mezcla entre productos de limpieza y comida en mal estado. Marlene seguiría apartando la bandeja de pastelitos del alcance de las grandes manos de Jonesy por miedo a que se los comiera todos.
Llamaron a la puerta, Marlene se imaginaba quién sería. Los vecinos llevaban días llamando. Decían que les molestaba el olor; amenazaron incluso con llamar con la policía. Pensaban que había un problema de cañerías en el cuarto de aseo de la vivienda y que Marlene, por algún motivo que no alcanzaban a entender, se negaba a repararlo. 
—Iré yo. Tú debes descansar, has hecho un gran trabajo preparando todo esto. — antes de marchar al vestíbulo, besó la frente de Jonesy. Simplemente, no podía abandonar la mesa sin despedirse de él.
Se limpió las migas del vestido y abrió la puerta. Efectivamente, al otro lado, esperaba el señor Torne, el vecino del piso de abajo, con los brazos cruzado y una sonrisa invertida. Esta vez, la magia del vestido rojo no fue lo suficientemente efectiva para transformar el apuro de un hombre en una sonrisa.
— No has arreglado el tema de los olores— fue directo al grano, ni siquiera dijo los buenos días. — Las paredes del edificio son muy viejas. Los olores transpiran hacia las otras viviendas. Es insoportable. — al menos una vez por día, el señor Torne se encargaba de repetir la misma monserga — Marlene, se te ve una buena chica, pero no podemos continuar así. Tienes que llamar a un fontanero. —Torne siempre actuaba de la misma manera: primero amenaza y luego mostraba su compasión — La comunidad ya ha dicho que no está dispuesta a pagarlo, es problema de tu vivienda — ahí estaba la amenaza — No tienes seguro. Es eso, ¿verdad? Tienes miedo de no tener suficiente dinero para pagar la reparación. Lo comprendo, pero tienes que comprendernos a nosotros también, — y ahí la compasión — lo estamos pasando tan mal como tú. Es un olor entre vinagre y aceite de motor. Apesta. Se te pega en la ropa y hueles a coche viejo durante todo el día. Sabes que trabajo en una peluquería, la limpieza es importante. ¿Crees que los clientes querrán entrar en una peluquería en la que el peluquero apesta a vinagre? Te aseguro que no. Y no hablemos de lo mal que lo pasan mis críos en el colegio. 
— Yo… lo siento… he tenido muchos problemas últimamente y….
— ….es lo que suponía: necesitas dinero. — poco a poco, la mueca de Torne pasaba a ser una delgada línea de indiferencia.
—Sí. Estoy muy asustada por lo que pueda pasar. No quiero terminar en la calle. Es.... No sé qué hacer. Mi chico ha venido para animarme. Es nuestro aniversario y me ha preparado la comida. —Marlene hablaba mirando su vestido. Si fuera de cualquier otro color que no fuera el rojo, caería en un llanto que le impediría hablar.
—No va a pasarte nada malo. Solo llama a un fontanero, pide un presupuesto. Si es muy elevado, hablaré con la comunidad y haremos una colecta para ayudarte a pagarlo. ¿Te parece bien?
—¿Harías eso por mí? Sí, gracias. Muchas gracias. —contestó al borde de las lágrimas.
—Ahora ve y disfruta de tu pareja.
Al cerrar la puerta, Marlene regresó a su película de amor: aquella que no entraban las travesuras de los niños, los problemas de dinero ni los vecinos que se quejaban por los olores. Los protagonistas de la eterna película eran ella y su novio Jonesy; nadie más. Marlene abrió el cajón del recibidor y cogió el ambientador en espray que guardaba en su interior. Esparció el gas por la puerta. De haber sido más inteligente, lo hubiera hecho antes de que el señor Torne apareciese por la puerta. Tal vez, podría haberlo engañado diciendo que ya había arreglado el problema. El piso olería a las rosas rojas del ambientador. Mejor hacerlo tarde, que nunca. Luego, se fue, con el ambientador en mano, a la cocina y se asomó por la ventana la cual daba al patio común entre todas las viviendas del piso. Roció la ventana con el espray. No sería suficiente. A la hora de la cena, otro vecino, llamaría a la puerta. No sería tan amable como el señor Torne. Quizás, traería a una pareja de policías. Examinarían la casa y encontrarían a Jonesy envuelto en papel. Blanco y en botella, leche y cadáver en descomposición, peste. Descubrirían que no había ningún problema de cañerías, sino un muerto vestido como una persona. No verían al chico que Marlene imaginaba, sino a un apestoso cadáver podrido hasta tal punto que se le caía la mandíbula. En un arrebato de ira, Marlene lanzó el ambientador al patio. Se arrodilló en el suelo de la cocina, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Alguien había cogido el mando de la tele y cambiado de canal.  La nueva película era horrible.
El pitido del horno obligó a Marlene que se levantase del suelo.  Una leve humareda gris emergía del recoveco de la puerta. ¡El pollo, se estaba quemando! Marlene apagó el horno. Siempre que dejaba a Jonesy cocinar pasaban estas cosas. Debía haberlo predicho; ciertamente, lo había supuesto unos minutos atrás. Había enumerado toda una serie de fallos que Jonesy podría tener en la cocina, en la cual se encontraba quemar la comida. ¡Menudo desastre! Marlene encendió el extractor de la cocina y se ayudó de un paño húmedo para espantar todo ese humo. No se atrevía a abrir la puerta del horno. Pensaba que al hacerlo, aparecería un volcán en erupción.
—No se te puede dejar solo, Jonesy. — de vuelta a la película de filtro rojo.
Y del llanto previo, pasó a las risas. El nombre de su chico poseía tanta magia como el vestido. ¿Quién iba a imaginar que  una catástrofe culinaria haría que Marlene volviera a sonreír?
Cuando parecía que ya no salía mucho humo, Marlene abrió la puerta del horno; no sin antes armarse con un par de guantes de cocina y ponerse el paño húmedo con el que había estado espantado el humo por encima de la nariz como si fuera una bandolera de las películas de vaqueros. La erupción volcánica fue menor de lo que había esperado. El pollo, sin embargo, tenía justo el aspecto que imaginó: carbonizado. Genial, Jonesy. Muy bueno tu pollo marinado.
—Te parecerá bonito. No vuelvo a dejarte a cargo de mi cocina.
La cabeza de Jonesy se descolgó del cuello y rodó por encima de la mesa. Las velas y el jarrón con las rosas rojas cayeron al suelo. ¡Qué dejen de jugar con el mando! Esto ya no era una película de amor, ni siquiera era una cita: era la serie de catastróficas desventuras, a cada cual peor que la anterior.
Sacó la bandeja del horno y la dejó encima de los fogones. Luego pensaría qué hacer con el pollo carbonizado. En ese momento, lanzarlo por el patio, como había hecho con el ambientador en espray, le parecía la mejor opción. Lo más importante, en ese momento, era reparar la cabeza de Jonesy.
Marlene regresó al comedor costurero en mano. Metió unos cuantos papeles de periódicos hechos bolas por el esófago de Jonesy, tal y como creía que hacían los taxidermista con los animales disecados. Por lo visto, los cinco periódicos que había utilizado para rellenar el interior de Jonesy no habían sido suficientes. Con mucho cuidado, como si estuviera cogiendo una frágil reliquia de cristal, colocó la cabeza de Jonesy en su posición original. Coserla con hilo y aguja no había sido una buena decisión. Las costuras no resistían el peso de una cabeza de un hombre adulto. ¿Y qué de otra forma podía mantener la cabeza en su sitio? Marlene, obviamente, no era la doctora Frankenstein ni una experta taxidermista; era una muchacha que estudiaba magisterio en la universidad y que se ganaba la vida trabajando los fines de semana como camarera. Las historias que tomaba como referencia eran aquellas que había leído en las novelas de terror que tanto le gustaban. Las utilizó para convertir a Jonesy, después del accidente, en su momia, en su novio disecado y en su monstruo de Frankenstein.
Las manos se le pegaban en las vendas de Jonesy. Debajo de ellas, se encontraba una piel quebradiza del mismo color que las hojas marchitas de otoño. Era asqueroso y apestaba; no existía ambientador que pudiera ocultar ese olor. Torne tenía razón, olía fatal: entre aceite de motor y vinagre.
— No vuelvas a hacerlo, no me juzgues. Sabes que yo no quería. Yo… estaba enfadada y asustada. Pensaba que te perdería. Me contaste lo de la chica aquella a una semana de nuestro aniversario y yo… No quería perderte. Quería que por lo menos celebrásemos juntos este día. Te quiero Jonesy. Quiero que estemos siempre juntos. ¿Tú también me quieres, verdad que sí? No hace falta que me lo digas. Yo sé que me quieras. No me abrías preparado todo esto si no me quisieras. Estarías con esa otra chica. ¿Cómo se llama? No, es mejor que no me lo recuerdes. No sé si estoy mentalizada para volver a escuchar su nombre.

Llevó la cabeza de Jonesy a su pecho y la abrazó como si él siguiera vivo. Nada de sustos. Marlene estaba dispuesta a cambiar los planes. Llevaría la cabeza al dormitorio, desenvolvería el regalo que ella misma se había comprado y fingiría que era de Jonesy.
—¡Has recordado que el rojo es mi color preferido! —practicó el grito de sorpresa para cuando estuvieran en el cuarto. —¡Muchas gracias! ¿Quieres ver cómo me queda? Tápate los ojos en lo que yo me cambio — lloró y sonrió al mismo tiempo — Sí, eso será lo que diré. Lo llevo ensañando desde ayer, desde que escondí el regalo. Será un fin de velada perfecto. Sin que nadie nos moleste. ¿Verdad que no? Solos tú y yo, para siempre.

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Primer relato del especial Halloween de este año, el cual he bautizado como Azäirween. Un relato de terror cada fin de semana de octubre y un último relato, adicional, el día 31. Espero que os guste.
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